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Número 81
Ombudsman
Una historia, una queja
Cuando a una maestra le aterra ir a la escuela
El subdirector, al aprovechar una situación de vulnerabilidad por su condición de mujer y subordinada, actuó de manera indebida. La CEDHJ emitió una recomendación a la Secretaría de Educación Jalisco y se mantiene pendiente del seguimiento...

Cuando era niña amaba ir a la escuela. Así que lo decidió: al crecer, su profesión sería la docencia. Quería compartir sus conocimientos con los alumnos, verlos desarrollar sus habilidades y que se convirtieran en hombres y mujeres de bien, que tanta falta le hacen a la sociedad.
Sin embargo, llegó un día en que le aterraba ir a la secundaria donde daba clases, no quería ni siquiera levantarse de la cama, se sentía enferma. Ella tenía miedo de comenzar su jornada laboral, pues seguro se encontraría a su jefe, el subdirector del plantel educativo, que con sus miradas lascivas y sus comentarios insinuantes: “A tí lo que te falta es amor ¿cuánto pagas?”. Otros días escuchaba: “No te quieres alinear”.
Una vez, cuando la maestra acudió a la escuela para entregar una incapacidad médica durante un periodo de enfermedad, recibió del superior jerárquico la invitación a un temascal, además de una expresión: “Mejorarías con un masaje… se me antoja que estés sin ropa”.
Las palabras acosadoras ya no se detenían ni aunque ella estuviera acompañada por su hija. El jefe, al conocerla y observar el aspecto de la descendiente, sin tapujo alguno expresó: “Por lo que veo, te gustan los sementales blancos”. Así pasaban los días, la maestra temblaba cada que se acercaba a su lugar de trabajo. Esa pasión por su profesión se iba apagando ante el acoso sexual que sufría.
Una mañana, el corazón le palpitaba con una rapidez anormal y tenía dolores de cabeza, que no cesaron durante tres días. Entonces sintió que su boca se desviaba al lado izquierdo, no podía cerrar el ojo, intentaba comer o tomar agua, pero era inútil, todo se desparramaba. Inmediatamente acudió a recibir atención médica y fue hospitalizada. El diagnóstico: parálisis de Bell.
Como parte del tratamiento para corregir la parálisis facial, además de medicamentos se incluía la aplicación de electroterapia en el rostro, dos veces por semana, para disminuir la afectación de las fibras musculares.
Ella no podía ir a trabajar. Así le era imposible dar las clases a sus muchachos, tenía dificultad para leer y hasta para voltear al lado izquierdo. Se sentía fatal. La depresión hizo estragos, comenzaron en su mente las ideas suicidas. Cuando la maestra presentó una queja, buscando ayuda desesperadamente, el varón señalado negó todo, incluso se indignó, asegurando que esas acusaciones eran falsas y dolosas. Se dijo sorprendido y argumentó que era una broma intrascendente el decirle a la maestra: “No te quieres alinear”.
La culpó de confundir el mensaje de “A tí lo que te falta es amor”, al afirmar que “estaba hablando de amor, como la esencia del ser humano. La maestra confunde amor con sexo”, cuando se le requirió una explicación.
Sobre el “¿Cuánto pagas?”, dijo una y otra vez: “Jamás se lo dije. La maestra merece respeto de mi parte. Yo no me vendo. La acusación me parece más dolosa”, añadió el funcionario coordinador de los profesores. Incluso aseguró que ni siquiera conocía a la hija de la maestra.
Con molestia se defendió de lo que llamó incoherencias de la quejosa: “Es absurdo que quiera responsabilizarme de sus enfermedades de toda la vida, y peor aún, que con sus enfermedades quiera comprobar su dicho en mi contra… Yo tengo aproximadamente seis meses que no la veo, lo puedo comprobar con sus incapacidades. ¿Cómo me puede culpar de sus enfermedades, si ni siquiera la he visto?”.
Al contrario, lejos de haberla acosado dijo que solo sugirió a la maestra, distintas estrategias de medicina alternativa para remediar los males que la aquejan. Y que está calificado para hacerlo porque ha dedicado toda la vida a estudiar el naturismo “para llevar una buena calidad de vida”.
La víctima fue sometida a distintos exámenes psicológicos. El resultado fue contundente, la maestra padecía síntomas del trastorno de ansiedad por estrés postraumático.
Unos diez meses después, la afectación a su salud todavía permanece. No ha podido recuperarse por completo de la parálisis facial. Obviamente, no ha regresado a las aulas, ni a enseñar nuevas lecciones a sus alumnos que tanto ama. A ella le preocupa que transcurre el ciclo escolar, pero está obligada a tomar una incapacidad médica tras otra, porque aún no recobra la anhelada salud.
Mientras, el subdirector sigue en el cargo como si nada hubiese sucedido.
Tras haber investigado la queja presentada el 10 de marzo de 2016, la Comisión Estatal de Derechos Humanos confirmó que fueron violados los derechos de la maestra a la integridad y seguridad personal (psíquica), al trato digno y a la legalidad y seguridad jurídica por el ejercicio indebido de la función pública y a la igualdad por la falta de perspectiva de género.


Adriana Luna
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