DHumanos
Número 82
Primero
Análisis
Mujeres y hombres: el espejismo de la igualdad
En todas partes se percibe una cultura sexista y basada en ideas estereotipadas que siguen colocando a las mujeres en una posición de desigualdad y de vulnerabilidad.

Cuando hablamos de la igualdad entre mujeres y hombres llama la atención que, a pesar de contar con el reconocimiento de la igualdad jurídica en la Constitución, tratados internacionales y leyes especializadas, que reconocen los derechos humanos de las mujeres y señalan la obligación de las autoridades para hacer cumplir dicha normativa, hoy en día la igualdad representa desafíos importantes, no sólo para las instituciones, sino también en el espacio social y el espacio doméstico.
Cada 8 de marzo, fecha en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer, hacemos al respecto un balance de los logros y desafíos. Si bien los avances han sido considerables, queda camino por recorrer para lograr que el principio de igualdad en el sentido formal (lo establecido en la ley) y material (la realidad) sea efectivo en nuestro estado.
En Jalisco, las mujeres representan 51.1 por ciento de la población. Sin embargo, las estadísticas sobre el acceso al empleo formal, el acceso a la educación, a la salud, el porcentaje de hogares con jefatura femenina y la obtención de cargos de elección popular o de designación, reflejan que no se está tomando en cuenta a la mitad de la población, ya que en la toma de decisiones siguen posicionados los hombres, y las acciones machistas de diversos sectores sociales imposibilitan el desarrollo y con ello el empoderamiento de las mujeres en la vida productiva y pública. Tal es el caso de la incompatibilidad de los horarios laborales con los escolares de educación básica, que impiden, en algunos casos, que las mujeres que están al cuidado de la crianza de sus hijas e hijos puedan tener un empleo que les permita combinar ambos papeles (crianza y proveeduría). Las mujeres que deciden buscar espacios en la vida laboral remunerada y no dedicarse del todo a la crianza de sus hijas e hijos, sufren conductas de discriminación vejatorias de sus derechos humanos al ser señaladas por una sociedad machista que etiqueta por no asumir el papel asignado por la misma sociedad a lo largo de la historia. Según datos sobre el uso del tiempo, las mujeres dedican desde el doble hasta cinco veces más horas que los hombres al trabajo no remunerado, lo que limita sus oportunidades educativas y laborales y les deja menos lapsos para el descanso, el ocio o la participación política.
En todas partes se percibe una cultura sexista y basada en ideas estereotipadas que siguen colocando a las mujeres en una posición de desigualdad y de vulnerabilidad:
“Calladita te ves más bonita”, “Ya cásate, a ver si se te mejora el carácter”, “Tú lo provocaste por llevar esa ropa”, son las ideas que todavía persisten y se siguen transmitiendo de generación en generación, dañando la imagen y el valor de las mujeres.
En pleno siglo XXI, una mujer que sale a la calle, que trabaja fuera de su casa o que asiste a un restaurante sin compañía de un hombre, se expone; es decir, se coloca en un aparador y se arriesga por ello. La aparición pública de las mujeres, lejos de estar normalizada, sigue considerándose una provocación. Los piropos, miradas y el acoso y hostigamiento sexual siguen pasando inadvertidos. Aún estamos en una sociedad que educa a las mujeres en su forma de vestir, pero no al hombre respeto a las diferencias. Estas situaciones saltan a la vista cuando se pretende culpar a las mujeres por su forma de vestir o de comportarse, justificando con ello que sean motivo de un acto de acoso u hostigamiento, con lo cual pasan de ser víctimas a victimarías, por verlas como “provocadoras” de la situación.
Esto ocurre diariamente en diversos sectores de la sociedad y no lo vemos, porque socialmente la desvaloración de las mujeres desgraciadamente es una situación que vemos como algo normal. Esto se extiende al ámbito público, cuando la mujer víctima de violencia acude ante la autoridad, en este caso a la Fiscalía, la situación a la que se enfrenta en diversas ocasiones, y que es muy común, es que el personal del servicio público reacciona mediante estereotipos y tiende a culpar a la mujer víctima de violencia. Por ejemplo, en una mujer víctima de acoso u hostigamiento sexual, suele hacerse hincapié en su vestimenta: “Ese escote es muy provocador”, “Está muy cortita su falda…” o cuando los familiares acuden a denunciar la desaparición de mujeres, se topan con lo siguiente: “Espérese unas horas, quizá regresa su hija, a esa edad andan con el novio o de fiesta”, y en esto se basa la autoridad para no actuar inmediatamente en la procuración de justicia, cuando lo cierto es que las primeras horas de búsqueda son vitales para evitar que se consumen delitos como violación, trata de personas y feminicidio, entre otros.
Es alarmante que las y los servidores públicos actúen con ligereza respecto a los asuntos que se le presentan sobre violencia en contra de la mujer. En muchas ocasiones se replican modelos de conducta aprendidos en casa, que en la mayoría de los casos tienden a normalizar el maltrato, lo que provoca que las víctimas sean sometidas a la sensación de impunidad que hace más dolorosa la experiencia. En las siguientes líneas queda muy claro lo que aquí se describe:
“Ya retírele los cargos y así se arreglan más pronto”, “Nosotros no le dijimos que se casara con ese loco”. Son ejemplos de comentarios que escucha la mujer víctima de violencia sexual, que solicita el apoyo a autoridades que están obligadas a velar por sus derechos humanos. Y, ¿qué pensar cuando la violación de los derechos de esa mujer proviene de la persona que, se supone, sería su compañero de vida? No es un caso hipotético, sino una realidad que tiene ejemplo en una de las recomendaciones emitidas por la Comisión Estatal de Derechos Humanos (la número 15 de 2016), y lamentablemente, tampoco es un caso aislado. La violencia contra la mujer, en todas sus manifestaciones, es un problema recurrente en nuestra sociedad, como queda de manifiesto en una estadística vergonzosa para la sociedad jalisciense: cada día acuden al Centro de Justicia Integral para Mujeres alrededor de doscientos cincuenta de ellas para recibir atención frente a actos de violencia física, psicológica y sexual.
Pero, ¿por qué sucede esto? ¿Por qué, a pesar de que está constitucionalmente protegido el derecho a la igualdad sin discriminación alguna, aún hay diferencias y se resaltan los estereotipos y las costumbres machistas? ¿Por qué algunas autoridades no protegen el derecho a una vida libre de violencia? Entre estas interrogantes y la respuesta hay un delgado hilo consistente en el desconocimiento de nuestros derechos humanos, ya que podemos estar ante una situación que los transgrede y ni siquiera la identificamos como tal, debido a que son conductas que vamos viendo como normales día con día.
Es de suma importancia difundir la cultura de los derechos humanos y a la par la cultura de paz y no violencia para contrarrestar estos actos y fomentar la cultura de la denuncia. Porque, aunque los derechos son integrales, necesitamos ir transformando ideas, creencias, prácticas y normas para asegurar el ejercicio de los derechos que tienen las personas por el simple hecho de serlo.
Las leyes y las instituciones no son suficientes. Se requiere un cambio cultural. Contrarrestar las desigualdades de género es tarea de sociedad y gobierno. Desde nuestro espacio privado debemos educar en la cultura de la inclusión y el respeto a las diferencias, atacando la falsa creencia de que las tareas domésticas son solo para las mujeres, ya que las responsabilidades compartidas en el hogar son tarea de todas y de todos.
Para transformar esas ideas y creencias, que impactan todos los ámbitos de las relaciones entre mujeres y hombres, deben utilizarse estrategias e instrumentos que ayuden a difundir los derechos de las mujeres y a que existan mejores condiciones para que participen en la toma de decisiones. Es por ello que en 2014 se reformó el artículo 41 de la Constitución federal para dar pie a la paridad de género en el ámbito político, y con ello contrarrestar las desigualdades a las que se han enfrentado las mujeres en lo que respecta a la toma de decisiones.
Es una tarea compleja, pero no imposible, si se realiza de manera integral, desde todos los frentes: gobierno, sociedad y organismos garantes de derechos humanos, ya que no puede ser una tarea exclusiva de un solo sector. Generar un cambio para eliminar las desigualdades entre mujeres y hombres es una tarea en común.


Maestra Ana Lézit Rodríguez Chapula
Coordinadora del Programa para la Igualdad entre Mujeres y Hombres de la CEDHJ

Licenciada María Cristina Ramírez Esteves
Abogada adscrita al PIMH
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